El árbol 100.000 de Barcelona se plantó en el Carmel

El topónimo Muntanya Pelada, por definición aquélla que se caracteriza por una ausencia numerosa de árboles, se ha venido usando desde antiguo para referirse tanto al turó del Carmel como el de la Rovira, o a su conjunto.

A principios del siglo XIX solamente crecían en el turó del Carmel grupos aislados de algarrobos, hierbas varias y matojos, con lo cual era un lugar considerado por lo general de carácter estéril. Esta visibilidad del terreno mismo de la montaña, sus numerosas fuentes y las espléndidas vistas sobre el pla de Barcelona la convirtieron en lugar favorito para fontades, excursiones y aplecs, cuyos participantes provenían especialmente de los barrios más antiguos de la ciudad, en busca de luz y un aire más puro, o de la vecina Gracia.

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La ‘Fuente de San Pedro”, rica en varias clases de bicarbonato, hierro y magnesio, en una tarjeta publicitaria de época.

Las fontades de Can Xirot, en terrenos de la masía del mismo nombre en la falda del turó, habían propiciado un vivaz romanticismo – y a menudo algo más – entre los visitantes, que progresivamente fueron subiendo montaña arriba una vez creada la ermita, con lo cual se sumaron también las celebraciones religiosas a los crecientes actos populares en las montañas de la entonces periferia.

La fuente fue inmortalizada en 1860 por Antonio Altadill en su novela “Barcelona y sus misterios”, un verdadero best-seller cuya historia empieza precisamente en la Font d’en Xirot.

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Ilustración de Eusebi Planas de La Font d’en Xirot en el libro “Los Misterios de Barcelona” de Antonio Altadill, 1860.


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Extracto de la página número 6 de “Barcelona y sus misterios” de Antonio Altadill

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La desaparecida masía de Can Xirot en 1931. Foto de Josep Barrillón, AMDG.

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La Font de Can Xirot en 1931. Foto de Josep Barrillón, AMDG.

Asimismo, Santiago Rusiñol en su “Auca del Senyor Esteve”, publicada en 1907, contiene una famosa escena en el que hijo de los protagonistas es de hecho concebido en la muntanya pelada, gracias a las sensaciones de libertad y romanticismo que les produce el turó.

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La posterior representación teatral de la obra incluye la escena de la muntanya con los actores  vociferando que acuden a ella  para ” desordre i sarau“.

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Representación teatral de la escena que transcurre en la Muntanya Pelada del Auca del Senyor Esteve, con una montaña idealizada llena de árboles. Foto de Merletti, 1917.

La empinada geografía del lugar invitaba a cogerse de la mano y a arrimarse para no caerse, propiciando una natural y relajada proximidad física que las estrechas calles y escenarios que ofrecía el panorama allá a lo lejos no aprobaban.

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Berenant a la Muntaya Pelada a 1908. Foto de Joan Morera. AMDG

En la Muntanya Pelada se respiraba libertad, de ahí que no es de extrañar que esta zona fuera lugar predilecto para muchos mítines politicos posteriores que se extenderían hasta el Coll, particularmente las conocidas “meriendas republicanas” de Alejandro Lerroux.

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Una de las meriendas republicanas de Alejandro Lerroux en el turó del Coll.                                  Al fondo, la masia de Can Mora, todavía en pie pero rodeada de un paisaje totalmente distinto.        Fons Brangulí, 1903-1906.

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Las famosas “meriendas republicanas” de Alejandro Lerroux en el turó del Coll.                       Fons Brangulí, 1903-1906.

La mejora del transporte y la rápida urbanización del Carmel incrementaron el número de excursiones y salidas. A pesar de una presencia notable de árboles, los fines de semana se celebraban aplecs de joventut, ballades de sardanes en la denominada “esplanada del Carmel”, la zona comprendida entre el santuario y el actual Delicias, verbenas, viacrucis y un sinfín de actos que invitaban a subir al turó, en muchas ocasiones en autobuses alquilados a la compañía Autobuses del Norte, que mantenía la linea desde Gracia hasta el Carmel. La presencia de numerosas fuentes contribuía a aliviar la sed y refrescar a los asistentes.

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Excursiones y meriendas en la falda del turó del Carmel. Años 30. Fons Brangulí.

En los años 30 aparece un pequeño bar o merendero, casi surgido de una cueva en la roca, que acabaría convirtiéndose en el bar – restaurante Las Delicias del Carmelo, conocido popularmente como el Delicias que Juan Marsé inmortalizaría en su novela “Últimas tardes con Teresa”.

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Festes i aplecs a l’esplanada del Carmel. Anys 30. Fotos de Sagarra.

El ambiente festivo que había reinado en los turons durante tantas décadas acabó bruscamente con el comienzo de la guerra civil y los excursionistas deseosos de una domingo de merienda con la ciudad a sus pies dieron paso a los soldados que ocupaban las baterías antiaéreas del turó de la Rovira.

La tala indiscriminada de árboles como combustible preocupaba tanto al Govern de la Generalitat como al republicano de Madrid  y en el Pavelló de la República e París se exhibieron una serie de carteles creados por Fritz Lewis para concienciar a la población civil de este grave problema, que por otra parte tenía poquísimas opciones para sobrevivir el invierno.

 

La guerra civil acabaría con los pocos árboles de los dos turons. Tras la recogida de algarrobas como alimento – según el testimonio de una vecina- fueron cayendo progresivamente ramas, troncos y hasta raíces para ser usados como leña hasta entrada la postguerra.

En 1945 se aprueba la recuperación de la tradicional “Fiesta del árbol” para su implementación en todos los municipios a partir de 1946, casi siempre como actividad “simpática” en la que participan los escolares de la zona.

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Fiesta del árbol en el Park Güell. Noticia de La Vanguardia, marzo de 1950.

En la Muntanya Pelada se realizaron algunas replantaciones puntuales pero no fue hasta después de la transición que Ajuntament empieza a preocuparse por el Carmel, ya que resultaba socialmente imposible seguir ignorándolo. Por otra parte, los turons habían acogido diversas zonas barraquistas, hecho que había imposibilitado cualquier tipo de acción anterior que en cualquier caso no era la prioritaria.

En 1982 Ajuntament decide plantar casi 10.000 árboles en las calles barcelonesas. Las “Festes de l’Arbre” siguen celebrándose pero carecen de importancia social, incluso un conocido periodista  las describe como “decimonónicas”. A pesar de todo, crece el interés por el arbolado municipal y se crea una base de datos de los árboles existentes en las calles y plazas de la ciudad.

Así pues, en 1986 se contabilizaban un total de 99.999 árboles, número que no incluía los existentes en parques y jardines y que se refería exclusivamente a los plantados en vías públicas.

Para la Festa de l’Arbre de este mismo año, se organizaron en el turó del Carmel tres actos de especial importancia: la plantación de 2.500 pinos en el Carmel a cargo de grupos de escolares, una serie de almendros plantados por un grupo de jubilados en terrenos de Can Xirot y la colocación del árbol número 100.000 en la plaça de la Palmera del Parc del Carmel o Jardins de Juan Ponce.

Asistían a este último acto el alcalde Pasqual Maragall y otros representantes municipales pero los honores recayeron en Montserrat Pla, viuda del arquitecto y jardinero municipal Nicolau M. Rubió I Tudurí, autor de numerosos jardines públicos barceloneses, y especialmente en el insigne poeta Josep V. Foix.

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Foix contaba ya con 93 años de edad y estaba considerado como una de las figuras literarias más importantes en llengua catalana, habiendo recibido multitud de premios y galardones.

Foix era un personaje eminentemente sarrianenc, sin relación aparente con el Carmel, y conocido además de por su obra por pertenecer a la familia de la prestigiosa Pastisseria Foix  de Sarrià.

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El poeta J.V. Foix en 1987. Foto: Fundació J.V. Foix

Tal vez hubiera sido más adecuada la presencia de Juan Marsé o delegar este honor en alguno de los muchos líderes vecinales que durante décadas habían denunciado la situación del barrio e impulsado mejoras en sus espacios. De hecho, los jardines de Juan Ponce están dedicados a uno de ellos y la plaça de la Palmera había sido a menudo encuentro de reuniones reivindicativas.

Tal vez fuera decisión del propio Maragall por su amistad con Foix. En cualquier caso, resultaba un honor que uno de los autores más distinguidos de la ciudad decidiera salir de casa para acercarse hasta el Carmel y plantar un árbol.

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Noticia aparecida en La Vanguardia en 1986.

Según sus propias palabras, Foix había dejado de escribir porque no encajaba en las últimas tendencias y en una de sus últimas apariciones en público – posiblemente la última- se presentó en un barrio donde, por muchas razones, era bastante desconocido. Casi un año más tarde, en enero de 1987, fallecía el poeta un día después de su 94 cumpleaños.

El árbol escogido como número 100.000 fue un ginkgo biloba, especie china considerada como auténtico fósil viviente por ser la especie de árbol más antigua que se conoce, y que también se plantó en carrer Feijoo y en tramos de la Via Augusta.

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Este árbol de hoja caduca es muy preciado en numerosos países de Asia por la delicada forma de sus hojas, de verde frescor en primavera y un amarillo vivo que en otoño tiñe de color las calles de muchas ciudades asiáticas. Produce también un fruto que una vez cae al suelo desprende un cierto mal olor pero que es a su vez una de las delicias del menú otoñal en Asia, por lo que Parcs i Jardins recomienda plantar un ejemplar masculino, que no produce fruto, aunque parece ser que todavía no se había regulado este punto cuando se plantó el del Carmel.

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El árbol escogido para ser el número 100.000 de Barcelona tenía cuando se plantó unos diez años de edad.

Para dejar constancia del número y del acto celebrado, se colocó un pequeña placa sobre una piedra al lado del ginkgo biloba.

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El árbol número 100.000 de Barcelona en los años 90. Fotos: Ajuntament

Se desconoce cuándo exactamente murió este árbol y el por qué pero en la actualidad incluso el  triste y enfermizo tronco de los últimos años ha desaparecido, la piedra se encuentra en un pésimo estado y el texto de la misma completamente ilegible y cubierto de trazos de un mal llamado ‘arte urbano” en este caso que no es más que vandalismo y que oculta nuestra historia.

 

El Carmel, con sus algarrobos en el turó, las huertas y viñas bien cultivadas en terrenos de Can Grau, la progresiva urbanización con almendros, huertecitos y torres con jardín, vió desaparecer el verde a favor del color del ladrillo, de la tierra a menudo pedregosa en calles imposibles esculpidas en la roca, el gris de la piedra y el negro progresivo de las calles que tanto costó asfaltar.

En los últimos años hemos asistido a la replantación de árboles en nuestras calles y también en las escasas plazas. La Muntanya Pelada ya no lo es tanto y se ha llenado de verdor.

Valdría la pena recuperar el árbol 100.000 en la montaña antiguamente sin árboles, la de las románticas fontades y los mítines, la de las miserias de la guerra, las luchas vecinales y el poeta y así recordar que sin árboles disminuye nuestra calidad de vida.

¿Qué mejor que un árbol milenario como el ginkgo para recordarlo?

 

*Las fotos actuales del rincón donde se encontraba el árbol y restos de monolito-placa fueron realizadas especialmente para este blog por Aurelio López. Muchas gracias por tu colaboración.

*Una versión reducida de este artículo aparece en la revista La Botiga del Carmel / Teixonera.

 

 

 

 

Anuncis

Carmel y mobiliario urbano

Durante las últimas décadas, el Carmel ha sido escenario de grandes reformas urbanísticas. La ejecución de los distintos PERIS pendientes, las obras del metro y las derivadas del desastre del socavón cambiaron para siempre la fisonomía del barrio.

Este protagonismo repentino puso en evidencia muchas de las carencias arrastradas durante años pero ayudó también a incrementar el interés, a veces políticamente motivado, por el Carmel.

La creación de nuevos espacios y la renovación de las calles llevó a Ajuntament a encargar dos elementos que desde entonces han aparecido no solo en otros barrios sino que  han llegado además a exportarse al extranjero, dos elementos de mobiliario urbano bautizados con el nombre de Carmel:

El “Escocell Carmel” , alcorque o elemento que rodea a un árbol en una acera, de 1993 y la “Font Carmel” del año 2000.

El “Escocell Carmel” consta de dos piezas de hormigón prefabricado y dos anillas de acero zincado empotradas a nivel del pavimento del suelo. Fue diseñado por los arquitectos municipales Enric Pericas y Estrella Ordóñez como respuesta a la topografía especial del Carmel y contó con la participación de los servicios técnicos de la ONCE con el fin de mejorar la accesibilidad del barrio.

En un principio se produjo solo un modelo, el 120, pero a raíz del éxito obtenido se crearon dos más: el 160 y el 100.

En la actualidad, podemos encontrar el “Escocell Carmel” por toda la ciudad y ha tenido una excelente acogida en otros países, especialmente en el Reino Unido.

La “Font Carmel”, del año 2000 y diseñada por Enric Pericas, se pensó como complemento del ‘Escocell Carmel” una vez comprobada la aceptación que había tenido en Barcelona.

De diseño moderno y alejado de las fuentes tradicionales de la ciudad, su aspecto evoca una barra de labios.

Cuenta con una base de hormigón armado moldeado, un anillo de aluminio y un cuerpo con chapa de acero inoxidable matizado. La simplicidad de su actual diseño y el uso de un material resistente resultan especialmente importantes en barrios como el Carmel, donde el mobiliario urbano suele ser tristemente castigado.

Al igual que el “escocell”, se usa hoy en día en diversos puntos de la ciudad.

Ambos productos son fabricados por la prestigiosa casa Escofet, fundada en 1886 y autora de creaciones tan archiconocidas como el “Panot Barcelona” de 1916, indiscutible signo de identidad de la ciudad, y el mosaico hidráulico Gaudí, o “Panot Gaudí”, de las aceras del Passeig de Gràcia.

Una interesante curiosidad del panot Gaudí en el Districte Horta-Guinardó es que fue usado como pavimento en una de las salas de la desaparecida Torre dels Pardals, la del “Fumador Blanc”.

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Mosaico hidráulico Gaudí o “Panot Gaudí”.

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Sala del Fumador Blanc de la Torre dels Pardals. Foto de Co de Triola. AFCEC.

Fotos e información: Escofet

 

 

 

 

Joaquim Taxonera, el zapatero terrateniente       

Aproximación a los orígenes de la Colònia Taxonera, actual barri de la Teixonera.

En el cambiante mapa urbanístico de la Barcelona de principios del siglo XIX, se aprueba en 1902 un proyecto presentado por un tal Joaquim Taxonera, fabricante de zapatos de profesión y propietario de terrenos. En uno de los primeros planos elaborados de lo que sería la futura Colònia Taxonera, aparecen también como propietarios dos nombres que han desaparecido de la historia del barrio: Miquel y Pere Valls. El primero constaba ya como propietario en la zona en documentos de 1877. Es probable que Taxonera acabara comprándoles los terrenos.

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Plano de distribución de solares en los terrenos propiedad de D. Joaquín Taxonera, D. Miguel Valls y D. Pedro Valls sitos en el término municipal de S. Juan de Horta. 1903. AMHG

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Plano de distribución de los solares en los terrenos propiedad de D. Joaquín  Taxonera. 1903. AMHG

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Plano de distribución de los solares en los terrenos de propiedad de D. Joaquín Taxonera, sitos en el término de S. Juan de Horta. Julio 1913. AMHG  

La denominada Colònia Taxonera nace organizada alrededor de trece calles y una plaza:

Mare de Déu dels Angels, Mare de Déu de les Merces, Santa Albina, Santa Rosalia, Puig, Santa Teresa, Besós, Sant Crispí, Arenys, Rosell, Tordera, Plutón, Santa Eulalia y plaça de Joaquim Taxonera.

El eje de la colonia es el carrer Arenys, así llamado en recuerdo al municipio natal del propietario, Arenys de Mar. La zona se convierte en punto de conexión entre el Coll y la carretera de Fogars, actual Vall d’Hebron, ya que Taxonera es también dueño de al menos una parte de la denominada barriada de Lourdes, una zona del Coll situada entre el actual carrer Santuaris y Mare de Déu del Coll. Posee además algunos terrenos en Vallcarca.

La barriada de Lourdes, que había surgido en torno a una poco conocida capilla construída de 1875 a 1885 y ya desaparecida, estaba en las cercanías del Santuari del Coll.

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Lourdes en un plano de 1891. Cartoteca Digital.

Debido a lo accidentado del terreno, las barriadas de Lourdes y Taxonera estaban incomunicadas y fueron necesarias varias décadas para habilitar un camino realmente efectivo entre las dos.

De la barriada de Lourdes solo nos queda el nombre actual de una de sus calles: Lorda.   Las siguientes imágenes en Google de uno de sus tramos ejemplifican a la perfección las impresionantes diferencias de altura entre las calles de estos barrios de montaña.

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Un tram del carrer Lorda

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El carrer Lorda vist des de el carrer Fastenrath

La historia de Joaquim Taxonera está aún por escribirse, se conoce poco sobre su vida y de momento no hemos podido localizar ninguna imagen suya.

Taxonera nació en Arenys de Mar en agosto de 1857, en el seno de una familia de zapateros. Según el Informe per la celebració del centenari de La Taxonera 1915‐2015 (Bosch,Montlló) , su padre se llamaba Joaquim y su madre Teresa.

En un anuario comercial de 1887, hemos encontrado una referencia a una familia de zapateros de nombre Taxonera para el partido judicial de Arenys de Mar : Andrés Taxonera y Joaquín Taxonera, zapateros. Es posible que Andrés fuese un hermano.

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Anuario del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración. Partido Judicial de Arenys de Mar. 1887

Resulta sorprendente que un zapatero, posteriormente dueño de una fábrica de calzado en Barcelona, pudiese adquirir una extensión tan importante de tierras.

En marzo de 1895 aparece en La Vanguardia un artículo sobre la industria del calzado y su exportación a Cuba y Filipinas que contiene el nombre de Taxonera, establecido ya en Gràcia.

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Fragmento de un artículo de La Vanguardia de 1895 sobre la industria catalana del calzado.

Según explica el mismo Valls al periodista, calcula que unos 3.000 obreros trabajan en este sector. Aproximadamente 300 trabajan para Cabrissas, 180 en su propia fábrica y de 100 a 150 lo hacen en el resto de fábricas mencionadas, lo cual incluye la de Joaquim Taxonera.

Añade que la producción es mitad de taller, mitad casera. En el taller trabajan operarios que cobran su sueldo por jornales pero las fases posteriores de producción – empeinería, montado y lujado- lo realizan mujeres en sus casas o en pequeños talleres y a las que se les paga por pieza realizada, abaratando así los costes.

Toma forma la hipótesis de que Taxonera hiciera fortuna gracias a la exportación a territorios coloniales o que incluso viviera o trabajara en Filipinas durante un tiempo. En un listado de españoles que salieron del puerto de Mindanao en enero de 1898, meses antes de perderse la soberanía sobre las islas Filipinas, encontramos el nombre de Joaquín Taxonera.

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Es decir, a los 30 años, trabajaba como zapatero en Arenys de Mar, a los 38 ya es propietario de una fábrica de calzado en Gràcia y a los 41 vuelve de viaje comercial de las Filipinas. Parece más que plausible, ya que en un documento posterior, una memoria de exportadores a Filipinas de 1917, una vez más volvemos a encontrar el nombre de Joaquín Taxonera.

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Cuando presenta su proyecto de urbanización en 1902, tiene pues 45 años y posiblemente cierto capital acumulado de los beneficios obtenidos en su fábrica de calzado.screen-shot-2016-11-27-at-12-56-40-pm

En 1900, Catalunya producía el 35% del calzado español y Filipinas era uno de los principales mercados del género de punto de algodón catalán y también de sus zapatos, al que se sumaba la proximidad de futuros grandes mercados, como China y Japón, países en vías de inevitable occidentalización de ropas y calzado de la que la prensa comercial de la época se hacía eco.

De todo esto, podemos deducir que Taxonera contaba con recursos económicos importantes y un agudo sentido de los negocios que le permiten adquirir en un momento muy propicio terrenos de Can Grau, la masía más importante del Baix Carmel, y otras tierras de los alrededores.

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Vista panorámica de la desaparecida masia de Can Grau. Baix Carmel, 1915. Fons Capdevila.

En el Arxiu Municipal de Barcelona encontramos documentos acerca de Taxonera y su domicilio en Barcelona, la calle Montmany de Gràcia, donde además estaba su fábrica de calzado.

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Anuncio aparecido en un anuario de comercio.

En artículos anteriores, hemos visto como, por proximidad natural, muchos pequeños comerciantes de Gràcia compraban casitas y pequeños solares en el Carmel.

Taxonera se fijó en los terrenos entre barrancos de lo que hoy es la Teixonera. Sin duda, las difíciles condiciones del suelo y su escasa comunicación favorecieron que las comprara a un precio más asequible.

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Fragmento de un plano de 1933 donde se observa la complicada topografia del terreno. Cartoteca Digital

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La Colonia Taxonera a principios del siglo XX. A la derecha, la casa de Joaquim Taxonera, actual carrer Besós 17-19, transformada hoy en equipamiento municipal. Todocolección.

En un principio, debía tener en mente vender sus parcelas a fabricantes y comerciantes de Gràcia, de ahí el nombre de “colònia”, como lugar de veraneo para escapar del sofocante calor o lugar de recreo para los fines de semana. De hecho, una gran parte de los primeros propietarios eran comerciantes graciencs.

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Casita a la Taxonera d’una familia gracienca. Arxiu Fortuny.

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Casita a la Taxonera d’una familia gracienca. Arxiu Fortuny.

A partir de la primera década del siglo XX, son numerosos los anuncios de ventas de solares y casitas en la colonia Taxonera, mencionando su proximidad al tranvía del Coll, las espléndidas vistas sobre la Vall d’Horta y Collserola, los jardines con pozo, el mucho sol y lo saludable de la zona, que cuenta ya con modernas torrecitas de alquiler.

En el siguiente anuncio, un propietario residente en la calle Neptuno, actual carrer Neptú en  Gràcia, pone a la venta su casita.

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Las torrecitas también se ofrecían en alquiler a los extranjeros residentes, como prueba este anuncio de 1922, con el dudoso reclamo de una futura estación de metro que tardaría casi un siglo en llegar.

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Muchas referencias bibliográficas se refieren a la colonia como “industrial”, incluidas las preparadas por el Districte d’Horta-Guinardó. Desde 1906, existía la bóbila de la familia Giravent y su ladrillería. En pleno boom constructivo de la Exposición Internacional de 1929, la fábrica tenía al menos más de 70 obreros. Dado que en los muchos anuncios consultados no se hace ninguna referencia a la fábrica ni a la conveniencia de su proximidad, podemos suponer que la colonia no tuvo en su origen ninguna relación con actividades de tipo industrial en la zona incluso hasta décadas más tarde, cuando de hecho se empezó ya a eliminar la palabra “colònia” para denominar al lugar, término que seguimos encontrando al menos hasta los años 60, década en la que continúa la venta masiva de torrecitas y casitas en toda esta zona para dar paso a bloques de pisos.

Si el adjetivo industrial se refiere al origen de los propietarios, comerciantes o pequeños industriales con posibilidades económicas de permitirse una modesta casa en la periferia, tampoco hemos encontrado ninguna evidencia.

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Torre ya desparecida en el carrer Santa Rosalia. Fons Capdevila.

En 1913 hallamos una curiosa nota de prensa referida a un encuentro de exploradores militares en terrenos de la barriada de Lourdes, hoy parte del Coll, y propiedad de Taxonera. En ella se explica que Joaquín Taxonera obsequió a cada uno de los exploradores “con un almuerzo y una flor”. Durante este ejercicio de patrullas, uno de los exploradores encontró “un pendiente de oro con brillantes finos …que resultó ser de la señorita Mercedes Taxonera, hija del propietario de aquellos vastos terrenos”.  El propio Marqués de Alfarrás, propietario de la finca de El Laberinto, “da las oportunas órdenes para felicitar al explorador y a su jefe de grupo por el hallazgo”.

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Gente paseando por los alrededores de Can Llupiá / Laberint d’Horta, años 20. Foto de Matas/AMHG.

Es una buena muestra de la ascensión social de Taxonera, el zapatero que había llegado a relacionarse con un marqués.

En 1918, la Colònia Taxonera es considerada tan “pintoresca” como la vecina barriada  del Carmel y los propietarios de la colonia consiguen iluminación eléctrica en el antiguo camino de San Ginés que conduce a la misma. Existen también algunos problemas con la distribución del agua, debido a la gran cantidad de nuevos pozos abiertos.

Dado que Taxonera también poseía terrenos y algunas casas en el Carmel, participa como vocal en las juntas del “Patronato  Popular de Cultura y Beneficiencia de Nuestra Señora del Monte Carmelo” que solía reunirse en Can Grau.

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La desapareguda masia de Can Grau al Baix Carmel. Anys 20 (?) C.E.C

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Localització del solar a on es trobava la masia de Can Grau, entre els carrers Bernat Bransi i Moratín, actualment “Parc del Ranxo Grande”.

Podemos considerar a Taxonera como un hombre activamente implicado en la vida social de la Colònia y sus barrios colindantes. En 1918, cede terrenos para instalar un entoldado durante la fiesta mayor de la Taxonera, celebración que cuenta con banda de música, juegos infantiles e incluso un pequeño teatro de guiñol. En agosto del mismo año, Joaquim Taxonera ofrece también “una considerable extensión de terreno de su propiedad” para levantar la casa del Centro Obrero de Defensa Social de San Ginés de Horta, del cual es tesorero.

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Fragmento de un plano de 1935. Cartoteca Digital.

La inauguración del servicio público del Auto-Ómnibus Vallcarca-Coll mejoró considerablemente los accesos a toda la zona, transporte que no escapa a los anuncios de venta de terrenos y casas de la Taxonera y alrededores.

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Inauguració del servei d’Auto-Ómnibus Vallcarca-Coll. Foto de Brangulí, 1925.

En 1929, una nueva línea une Lesseps y Horta pasando por la Taxonera, respondiendo a las necesidades de una barriada creciente.

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Linia Lesseps-Taxonera-Horta. Col.lecció Ariño.

Todavía en los años 40, el actual barrio de la Teixonera presentaba un aspecto rural y bucólico, sin duda aliciente para que la compañía de teatro Los Vieneses y Herta Frankel, recién llegados a Barcelona de una Europa en pleno conflicto bélico, se instalasen en una casa frente a la vivienda del fundador del barrio, convirtiéndola en su domicilio permanente.

Fue pues en la Teixonera donde se desarrollaron muchas de las propuestas teatrales y posteriormente televisivas de estos artistas. En octubre de 2015, se inauguró la plaça d’Herta Frankel cerca de donde existió la casa, derribada tras la muerte de la marionetista, todavía recordada como vecina por muchas personas de Teixonera y Carmel.

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La plaça d’Herta Frankel a la Teixonera. Foto d’Ajuntament, 2015.

La casa de la familia Taxonera, todavía en pie, se encuentra en el carrer Besós y es actualmente un equipamiento municipal.

Sorprende su sencillez y conserva el aire de torrecita de clase media mercantil, modesta pero cómoda, en un paraje que entonces debía ser –casi- paradisíaco.

Poco más se conoce del industrial zapatero que dió nombre al barrio, sembrando de referencias familiares los nombres de sus calles.

 

*Nota 1: Este artículo es una versión revisada y ampliada de un artículo aparecido en la revista La Botiga del Barri, revista de la Federació de Comerciants dels Tres Turons. Carmel Comerç, Mercat del Carmel i Comerciants Teixonera.

*Nota 2 acerca de los nombres Taxonera y Teixonera. Fragmento de “Antropònims del nomenclàtor de carrers de Barcelona” de Jesús Portavella:

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¿Un cementerio en el turó de la Rovira?

Según explica el fascinante Libro Verde de Joan Cortada y Josep de Majarrés sobre las costumbres de Barcelona, publicado en 1848, el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, tenía un carácter festivo en el que los panellets y la castanyada eran los protagonistas. En el corazón antiguo de la ciudad, paseaban sus habitantes mirando los escaparates de las dulcerías, los coloridos puestos que ocupaban las calles y participando además en alguna de las innumerables rifas.

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El Libro Verde de Barcelona. Reedición.

Estaban de moda las recién llegadas “confiterías”, que con gran surtido de dulces habían relegado de su función a los antiguos cafés y la Rambla, llena de golosinas, era también el escenario de las primeras ropas de invierno de la temporada. Los barceloneses solo empezaban a abrigarse a partir del 1 de noviembre.

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La famosa confitería Pere Llibre de Rambla / carrer Ferrán en 1882. Ilustració Catalana.

Por la tarde, se ofrecían a los muertos rezos endulzados y los teatros abrían por la noche para asuntos más profanos.

El 2 de noviembre, Día de Difuntos, se celebraban oficios solemnes en todas las iglesias y se visitaban los cementerios, en muchas ocasiones a modo de paseo ramblero. Las funciones teatrales giraban con frecuencia en torno al tema eterno de la muerte y tras la jornada se volvía al efímero de la vida.

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Plaza de acceso al cementerio (de Montjuïc) el dia de Tots Sants. Foto de Ballell.         Principios del siglo XX.

Unas décadas más tarde, Barcelona y los pueblos circundantes seguían creciendo y comenzaba a discutirse la acuciante necesidad de crear nuevos cementerios. Sant Martí de Provençals, cuyo cementerio estaba alcanzando ya su límite, empezó a estudiar futuros emplazamientos donde inhumar a sus muertos.

Tal y como vimos en un artículo anterior sobre el ermitaño del Carmel, la delimitación municipal en el pla de Barcelona era bien distinta a la actual. El Monte Carmelo y el turó de la Rovira se encontraban en el punto de confluencia entre Gràcia, Horta, Sant Andreu de Palomar y Sant Martí de Provençals.En 1880, el ayuntamiento de esta última población propone unos terrenos pertenecientes a la antigua Torre dels Pardals, junto con otros del Mas Guinardó, para la creación de un nuevo cementerio.

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La antigua Torre dels Pardals -o Mas Roig-del Guinardó en 1878. Dibujo de Eudaldo Canibell. AHCB.

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El Mas Roig,la antigua masa conocida también como la Torre dels Pardals, donde posteriormente se construiría la hermosa torre modernista hoy desaparecida.                           Foto de Co de Triola, principios del siglo XX. MDC

El semanario satírico La Campana de Gràcia, haciéndose eco de la propuesta, incide en el hecho de que por tales tierras discurren las galerías de las aguas de Montcada y dos tuberías del cercano depósito de Dosrius, con lo cual las filtraciones de agua de la montaña podrían “mejorar” su calidad como “jarabe de difunto’ y que la incineración de los muertos, que se había puesto en práctica incluso en la católica Italia hacía poco, pasaría en Barcelona por la muy conveniente “disolución en agua” de los cadáveres.

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Noticia aparecida en La Campana de Gracia, 1880.

Aunque Pedro Voltes Bou indica en su libro Historia del Abastecimiento de Agua en Barcelona (1967) que se trataba simplemente de un rumor exagerado, lo cierto es que encontramos numerosas referencias en prensa de la época a este proyecto.

En 1883, el diario La Dinastía publica un anuncio oficial comunicando que el proyecto del nuevo cementerio estará expuesto en el Ayuntamiento Constitucional de Sant Martí para que todos “los particulares” puedan presentar las “reclamaciones sobre la conveniencia de la ejecución de la obra”.

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Noticia aparecida en el diario La Dinastía en 1883

Otro artículo informa de que el proyecto de emplazar el nuevo cementerio en terrenos del Mas Guinardó –perteneciente entonces a su término municipal- o en sus alrededores es una amenaza sanitaria para la ciudad,dada la existencia de cañerías imprescindibles de agua potable, la gran permeabilidad del terreno, como demostraba el carácter de los cultivos agrícolas de la zona,y la existencia de numerosísimas fuentes.

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Depósitos de Dosrius en el Parc del Guinardó.  El más antiguo data de 1886.

Por otra parte, el coste económico de la operación es objeto de fuertes discusiones, puesto que existen diferencias considerables en el precio de los terrenos, según se encuentren a un lado u otro del Mas Guinardó, oscilando de 2.000 a 350 duros el precio de una mojada (equivalente  a 4.896,50 metros cuadrados). Asimismo, se pone en duda que acabe siendo una operación rentable, teniendo en cuenta las características del terreno para la construcción de un cementerio.

Una Comisión de Fomento del Ayuntamiento de Barcelona se pronuncia también en contra y exige que el Ayuntamiento de Sant Martí de Provençals abandone sus planes.

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Vista panorámica de Sant Martí de Provençals durante la primera década del siglo XX.         Foto de Sucarana.                                                                                                                                                 AMB

Sin embargo, un nuevo cementerio no dejaba de ser una necesidad ineludible y con el paso de los años, su posible localización se va trasladando hacia los turons.

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El turó de la Rovira en 2011,antes de su museización.                                            Foto de Public Space.

En 1893 aparecen las primeras referencias a una necrópolis en el Monte Carmelo.

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El Carmel en 1918-1920.  Foto de Lucien Roisin.

Una comisión del Fomento Voluntario de Gràcia protesta enérgicamente ante la idea de construir un camposanto en “el Monte Carmelo o Rovira”, aduciendo que existe en la zona un gran número de  “casas de campo,manantiales y fuentes de salud”, imposibilitando proyectar aquí un cementerio que serviría no solo a la población  de Sant Martí de Provençals, sino también a las de Sant Andreu de Palomar, Gràcia y Barcelona.

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Festa de l’arbre.Sant Andreu del Palomar. Foto de Ballell, 1913. AMB

Una vez expuesto el plan al público, llueven las protestas: recursos firmados por grupos de individuos, médicos, asociaciones diversas, regidores y los ayuntamientos afectados se niegan a tener un cementerio en el turó. Las principales quejas se refieren a las abundantes aguas de la zona y a sus filtraciones, que abastecen a las poblaciones que rodean la montaña. Es evidente la preocupación por la salubridad de las aguas. Se insiste en que gran parte del turó es soleado en verano, que la roca está a un metro de profundidad y que existen al menos seis minas cuyas aguas sirven a las torres y casas de campo existentes en las cercanías. Uno de los argumentos más contundentes proviene del Ayuntamiento de Sant Andreu del Palomar, que se ampara además en un Real Decreto de 1888, según el cual se prohibía la ubicación de nuevos cementerios según distancia a la primera casa, número de habitantes y la existencia de otros proyectos de urbanización.

Pese a la oposición, el insigne arquitecto municipal Pere Falquès i Urpí empieza a trabajar en los planos.

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Retrat de Pere Falqués i Urpí.                                                            Dibuix de Ramon Casas, 1905-1907.                                                  MNAC

En un artículo de La Vanguardia de 1894, bien conocida la bucólica y tranquila atmósfera que se respira en el Carmelo, nombre con el que se solía identificar a los dos turons, el autor se lamenta de que el único problema de tan idílico paraje es que ha sido escogido como emplazamiento para el nuevo cementerio de Sant Martí.

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El Santuari del Carmel en 1897. Dibujo de Pau Febrés. AMB

En mayo de 1896, la situación en Sant Martí de Provençals es insostenible. La prensa se alarma de que solo tras remover huesos, es posible enterrar a los muertos en su cementerio. En junio del mismo año, la Junta Provincial de Sanidad ordena el cierre de la fosa común por razones de salubridad y se redirigen los cadáveres al cementerio de Sant Andreu del Palomar. La urgencia propicia que se siga adelante con el proyecto de un cementerio en el turó de la Rovira.

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La necrópolis ideada por Falqués se extendía de forma concéntrica desde la cumbre de la colina hacia sus laderas, tal y como se observa en el plano adjunto, conservado en el Arxiu Municipal d’Història de Barcelona.

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Proyecto del nuevo cementerio de Sant Martí de Provençals en el turó de la Rovira.                Plano de Pere Falqués,1897.

Incluía áreas destinadas a los servicios anexos del cementerio, otras para “el sepelio de los que fallezcan fuera de la religión católica”, un “cementerio libre” y zonas ajardinadas.

La superficie total que contemplaba el proyecto inicial era de unos 274.170 metros cuadrados.

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Plano de la distribución por zonas en el cementerio proyectado en el turó de la Rovira.            Falqués, 1897.                                                                                                                                                       Arxiu Municipal de Barcelona

El cementerio de Montjuïc, que ha ido creciendo con el tiempo, cuenta en la actualidad con una extensión de aproximadamente 560.000 metros cuadrados.

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Vista aérea de la cima del turó de la Rovira y el Carmel poco antes de la museización de los restos de las baterías antiaéreas y el asentamiento informal de barracas en 2011.                       Foto de Public Space.

El cementerio siguió amenazando la tranquilidad de los vecinos durante un tiempo, aunque el proyecto acabó siendo desechado a finales del siglo XIX, posiblemente también por razones económicas. La zona no contaba con las vías de comunicación necesarias pese a los varios proyectos y la constante presión vecinal, el terreno era difícil, el turó pertenecía a cuatro propietarios diferentes y la oposición al plan no hacía más que crecer mientras que el lugar seguía urbanizándose.

En 1906, Falqués volvió a visitar el turó de la Rovira con un grupo de la Comisión de Cementerios. Venían del cementerio de Horta, donde habían estudiado la posible donación de unos terrenos para su ampliación. Tal vez Falqués soñaba todavía con su necrópolis de la colina, un cementerio que de haberse hecho realidad, habría cambiado radicalmente el barri del Carmel para siempre.

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Turó de la Rovira / Boca Nord del túnel y Rambla del Carmel en la actualidad.                                     Foto de Carles Cadena per Barri del Carmel FB.

 

*Una versión simplificada de este artículo ha aparecido en el último número de La Botiga del Barri (revista gratuïta del barri del Carmel i La Teixonera, editada per Carmel Comerç, Mercat del Carmel i Comerciants Teixonera).

EL ASESINATO DE UN VENDEDOR DE ESCAPULARIOS

Los orígenes de la Ermita del Carmel

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Postal-recuerdo del Monte Carmelo dirigida a una torre en Sarriá.                 Colección de la autora.

El 11 de abril de 1864 se abría al culto la ermita del Carmel con la presencia del obispo Pantaleó Montserrat y multitud de asistentes. La pequeña capilla había sido sufragada y construída por un ermitaño llamado Miquel Viladoms, del cual apenas se conserva información.

De hecho, las fechas sobre la inauguración de la ermita cambian según la prensa de la época.En una reseña del diario La Corona de Barcelona de mayo de 1864 leemos que la inauguración fue posiblemente a finales de abril y la colocación de la primera piedra en mayo. No podemos asegurar si se refiere a la ermita o a un pequeño edificio anexo.

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Noticia aparecida en el diario La Corona de Barcelona, en mayo de 1864

En 1863 Miquel Viladoms había solicitado permiso para construir una cerca en terrenos de su propiedad, aunque se desconoce a quién los había comprado y cuándo. Hasta la inauguración de la ermita, el turó era conocido principalmente como turó d’en Mora, en referencia a una de las pocas casas existentes en tan remoto y brusco lugar, la masía de Can Mora, que todavía sobrevive pese a la controvertida urbanización de la zona en la que se encuentra. El turó pronto empezó a llamarse “Monte Carmelo”, convirtiéndose en lugar de paseo y peregrinación.

En una reseña de 1864 leemos que la ermita, de estilo muy simple, no contaba con prebisterio pero sí con una reja de madera cerca de la entrada desde la cual se observaba el único altar, con una imagen de la Mare de Déu del Carmel y otra de un Cristo crucificado.

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Aspecto del coro de la ermita en 1931

Un periódico madrileño de 1865 describe la ermita como “una cueva del Monte Carmelo que más debería ser albergue de foragidos -sic- que mansión de justos”. A modo de reclamo, lucía una bandera en la que, con letras muy grandes, se aseguraba que quien comprara un escapulario se salvaría del infierno. La salvación tenía varios precios, según el modelo.

Los escapularios estaban de moda. Consistían en dos piezas de tela unidas por dos largos cordones como los que llevan los religiosos de esta orden.

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Escapulario de Ntra. Sra. del Monte Carmelo

Parece ser que el ermitaño Viladoms, que se hacía llamar prior sin serlo, dormía en una cueva sobre una estera. Decoraban la estancia un crucifijo, una calavera y un “cleriguillo de barro” que podía comprarse en cualquier mercado. Viladoms se dedicaba además al exorcismo, aprovechando la cercanía del lugar denominado “Salt de les Bruixes”, en el que se rumoreaba que había aquelarres durante las noches de luna llena. Se decía  también que el “prior” había arrojado a una bruja de la ermita. Contaba con  varios ayudantes que el articulista califica como “de rostro muy bello, de corazón sencillo y fe sincera”.

En un documento de 1867, Viladoms aparece como “propietario del Monte Carmelo” y solicita permiso para ensanchar su casa. El negocio de los escapularios, al que se sumaban frecuentes donativos, debía funcionar bien. La ermita se situaba en un lugar estratégico en los limites de las parroquias colindantes y sus respectivas demarcaciones territoriales, con sus “bulliciosos pueblecitos”.

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El Santuari de la Mare de Déu del Mont Carmel en una foto de Falguera, posiblemente de los años 20 del siglo pasado. AMB

La elección de la virgen tampoco parece casual. El escapulario de la Virgen del Carmel era uno de los más populares, por tener el privilegio de garantizar la salvación a quien lo llevara en el momento de su muerte. Como patrona del mar y los marineros, se le rendía culto en un turó con una vista privilegiada desde el cual se podía divisar el Mediterráneo en todo su esplendor.

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El interior de la ermita del Carmel, posiblemente en los años 30. Obsérvese el barco que cuelga sobre el altar, actualmente desaparecido. Foto del AMB

En 1876 se publican los primeros “Goigs a la Mare de Déu del Carmel” y la ermita crecía en popularidad.

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Goigs a Nostra Senyora del Mont Carmel, en una versión editada en 1974

Sin embargo, la víspera de la fiesta del Carmen en julio de 1877, aparece en los diarios la noticia del misterioso asesinato de Miquel Viladoms. En una crónica se relata que “el infeliz yacía cadáver, ensangrentado, con ocho puñaladas, al pie de la virgen que allí se venera. Se atribuye el hecho a venganza personal, porque las alhajas que tenía dispuestas para adornar la imagen no fueron robadas, encontrándose además once pesetas en el bolsillo de la victima”.

Hasta ahora, las pocas referencias publicadas al respecto, principalmente la de J.M Huertas en su “Mites i Gent de Barcelona”, recogidas también en el libro “El Carmel Ignorat”, hablaban de que nunca se encontró al culpable ni se esclarecieron las circunstancias que condujeron al asesinato. Sin embargo, un exhaustivo recorrido por diferentes hemerotecas, nos ha descubierto que un mes más tarde, la Guardia Civil detenía y ponía a disposición judicial al presunto autor del asesinato, acusado además del robo de nada menos que 900 duros, sin duda toda una pequeña fortuna para su época.

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La edición de El Pueblo Español, diario de la tarde de Madrid, del día 30 de agosto de 1877 informa de que tras una intensa investigación se ha logrado dar con el asesino de Viladoms, un tal Vicente Ferrer Grabat, a quien la Guardia Civil del puesto de San Andrés de Palomar ha arrestado. En su posesión se encontraron 968 duros en monedas de oro y plata.

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Noticia aparecida en el vespertino madrileño El Pueblo Español, 30 de agosto de 1877.

El testamento de Viladoms legaba la ermita a las parroquias de Sant Joan d’Horta y Sant Joan de Gràcia, que fueron alternándose propiedad y administración posteriormente. Esta muerte violenta dentro del templo mismo provocó su abandono durante un tiempo y el Juzgado de Horta decidió sellar sus puertas. La casa adyacente continuó albergando a unos ermitaños que custodiaban el templo y que llegaron a servir comidas.

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El Santuari del Carmel a principios del siglo XX, cuando también funcionaba como fonda.               Foto del C.E.C

Un boletín eclesiástico de 1899 incluye una curiosa referencia al “santuario denominado el Carmelo’ cuyo autor se queja de que “de los documentos y objetos de culto no puedo dar noticia por haberse apoderado de ellos, no sé con qué pretexto, el párroco de Horta, desatendiendo mi reclamación formulada por escrito y hecha verbalmente… de cuya conducta formalmente protesto”.

Una gran parte de los archivos de las parroquias de Sant Joan de Gràcia y Sant Joan d’Horta fueron destruídos durante la Setmana Tràgica y la Guerra “incivil”, perdiéndose para siempre otros rastros que pudieran haber dejado el ermitaño y la obra de su vida.

139 años después del misterioso asesinato de Viladoms, la ermita del Carmel, que da nombre al barrio, se ha convertido en uno de sus símbolos de identidad.